Tradúceme.

martes, 29 de diciembre de 2015

Adicta a ti...

Algunas veces cuando me siento así, como anoche, con el deseo de tenerte atragantado en mis entrañas. Con ese dolor sordo del vacío dentro de mí. Braceando desesperada por salir de aquí, del lugar donde me he recluido, donde me has recluido. Esos días, esas noches, soy como uno de esos adictos a cualquier cosa que les da placer. Esos que dicen que lo controlan, que lo pueden dejar cuando quieran. ¿Puedo hacerlo yo? ¿Podría dejarte cuándo quisiera? ¿Quiero hacerlo?
Mi mente, mi corazón, mi sexo, parecen estar unidos, y tú, eres el nexo de unión. Lo que pienso, lo que amo, lo que deseo, todo es una misma cosa...tú.
Algunas veces cuando me siento así, como anoche, con la piel ardiendo, con los besos quemándome en los labios, con las manos llenas de abrasadoras caricias, con esa humedad incendiaria creciendo en mí...
Esos días, esas noches...yo, quisiera ser tu adicción.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Pesadilla antes de Navidad...

Él la estaba esperando. Las luces de Navidad eran como pequeñas estrellas que hubieran ido a posarse sobre las copas de algunos árboles. Apretó el paso, la plaza era grande y parecía que que sus tacones se negasen a cubrir tanta distancia. Luminosos paquetes simulando regalos al pie del un abeto, un villancico a lo lejos, el sonido de sus pasos cada vez más rápidos, porque él la estaba esperando. Ni siquiera notaba el frío que le helaba los labios, porque cientos de besos le ardían ellos. No podía detenerse, casi sentía la fuerza de su abrazo. Él la estaba esperando. Con aquella bufanda que le tejió hace años al cuello, con el abrigo abrochado, una mano en un bolsillo, en la otra una bolsa ¿Tal vez un regalo? Él la estaba esperando y él era el único regalo que deseaba, el único que como una niña pedía con los ojos cerrados y el corazón lleno de ilusión, de esperanza, de amor. Se miró los pies ¿Por qué se habría puesto esos zapatos? Eran pesados y no avanzaba. Levantó la vista y él, ya no estaba. ¿Dónde había ido? Giró sobre si misma, y lo vio, justo al otro extremo de aquella gigantesca plaza ¿Cómo había podido caminar en dirección contraria? Corrió, se deshizo de aquellos zapatos que se negaban a avanzar y corrió. Mientras más corría más lejos estaba él, nunca, nunca, nunca lo alcanzaría. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se helaron con la noche fría, pero ella apenas lo sentía, porque aún le ardían cientos de besos en los labios...

viernes, 4 de diciembre de 2015

¿Secretos?



Me guardas en un rincón de tu alma, en un lugar donde nadie alcance a verme, donde nadie ni siquiera me presienta.
Y yo, te llevo escrito en la piel, me brillas en los ojos y me ardes en los labios.
Tú eres mi vida.
Yo soy, tu pecado.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Si pudiera...

El reloj acaba de dar la hora ¿Cuántas campanadas? Que importa. Te marcharás cuando vuelva a sonar. Detendré el tiempo mientras tanto. Pararé el mundo, haré como que nada de lo que hay ahí afuera existiese. Como si nada pudiera apartarte de mí. Como si pudiera seguir viviendo así, contigo. Como si tus besos no fuesen a acabarse. Como si consiguiese que tu amor fuera eterno. Como si tus ojos no fueran a dejar de mirar los míos. Como si no fueses a soltarme de la mano. Como si tú y yo, siempre fuésemos nosotros. Como si ese reloj no fuese a volver a sonar nunca más. 
Pararé el tiempo, detendré el continuo girar del mundo.
Lo haré, por ti.

martes, 3 de noviembre de 2015

Ella...

Ella no era más que un recipiente, que se llenaba hasta derramarse de todos aquellos sentimientos. Para no desperdiciarlos los escribía en un papel, los vertía directamente de corazón a corazón. Los susurraba de oído a oído. Los transmitía de piel a piel, con el leve toque de sus letras, con la caricia tibia de sus palabras. Sentía que aquello que era capaz de hacer era lo más hermoso que había en ella. Lo único hermoso, lo único con cierta valía. Se escondía y se mostraba, tras cada punto, en cada coma. Y tras los puntos suspensivos, siempre sintió...que se perdía...
Siempre esperando que tras el punto final,  alguien la encontrase.

domingo, 25 de octubre de 2015

Con el alma de invierno.

Se despertó con el alma de invierno.
Con el corazón cubierto de nubes negras.
Con escarcha en los labios, y un viento helado, que arrastraba sentimientos arrancados de sus propias entrañas, como hojas amarillentas, secas, muertas.
Se despertó cerrando los ojos, con fuerza,  para no ver, y se le llenaron de lluvia que anegó su garganta, ahogando su voz.



viernes, 23 de octubre de 2015

Los sueños...sueños son...

Y soñé.
Soñé que me amabas, que venías a mí sin miedo alguno.
Y en ese sueño tuve la certeza de que eramos, lo que de verdad somos.
Sin  mentiras, sin disimulo, sin fingir que no nos amamos.
Solo tú y yo, y el resto del mundo ya no importaba.
Y desperté.
Desperté de ese sueño, y la fría realidad me llenó de miedo.
Y en esta realidad, somos, lo que no queremos ser.
Con mentiras, disimulando, fingiendo que no nos amamos.
Tú, yo, y el resto del mundo.
Y ahora, solo pienso en dormir, soñar, y no despertar...

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cuento ¿De hadas? (El final ¿o el principio?)

Y cuando la princesa llegó a palacio, lo primero que hizo fue buscar aquel de quien se había enamorado.
No tardó en hallarlo, en mitad de un corrillo de bellas damiselas. Todas desplegaban sus encantos haciéndole ojitos al príncipe, y él, se dejaba adular sin disimulo alguno. Era hermoso, eso era cierto. Alto, con el cabello oscuro y ensortijado, unos brillantes ojos azules enmarcados por unas larguísimas pestañas, y un cuerpo al que le sentaban bien todas las cotas de malla. Pero fue ella, y no él, quien miró con otros ojos lo que veía. Y no le gustó aquella manera frívola de coquetear con todas aquellas jovencitas. Aun así, su corazón latía como loco cada vez que lo veía, y se pasaba los días suspirando por todos los torreones. Con la mirada perdida en el horizonte pensando como sería que él le dedicase a ella aquellas sonrisas, aunque desde lejos le pareciesen tan falsas. Y con un nudo en la garganta corrió hacia al estanque, allí nadie la buscaría.
Estaba sentada junto a la orilla, dejando que sus lágrimas saladas se mezclasen con aquellas dulces. Arrepentida de no haber aceptado la poción, bebedizo, hechizo, o palabras mágicas que hubiesen conquistado el corazón de aquel..¿Por que de repente le parecía un engreído?, aunque....incluso así...ella lo amaba.
-Créeme si te digo que viene aquí a presumir, a alardear,  de sus conquistas ante los demás caballeros- dijo una voz cerca de ella.
La princesa miró a su alrededor pero no vio a  nadie, estaba sola allí, siempre estaba sola, y ese pensamiento no hizo sino recrudecer su llanto.
-No llores, no merece que lo hagas- dijo otra vez la voz
-¿Quién...?- preguntó la princesa mirando a su alrededor.
- Soy yo- esa vez la voz sonó justo frente a ella.
Y cuando levantó la cabeza vio un majestuoso cisne blanco flotando sobre las aguas del estanque.
-Si, soy yo quien ha hablado- dijo el cisne.
-Pero si eres un...
-¡Venga ya princesa! Esto es un cuento ¿No? porque no habría de poder hablar.
-Tienes razón, esto es un cuento y todo es posible. Por eso todavía me da más rabia que si todo es posible...¿Por qué es tan imposible que me ame?
-¿Qué sabes de él?-preguntó el cisne que se paseaba elegantemente sobre el agua.
-Casi nada...
-Pues voy a contarte quien es, puede que te haga cambiar de idea. Ese apuesto príncipe no es otro si no el príncipe azul de la Bella Durmiente.
-¿Y que hace aquí?- preguntó la princesa con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
-Resulta que cuando Aurora despertó tenía un genio de mil demonios. Se enfadó por todo, porque tenía el pelo enmarañado, porque las sábanas le habían dejado marcas, porque tenía legañas, porque le olía mal el aliento. No había quien la soportase, y menos él, que esperaba ser adorado, idolatrado, mimado, y que se yo cuantas cosas más. Así que espero a que Aurora se durmiese y huyó. Creo que la pobre sigue de nuevo dormida, aunque al parecer es un alivio para toda su corte.
-¿Por qué vino aquí?
-Porque le dijeron que la princesa de este reino no era muy...
- ¡No sigas! Vino aquí porque soy fea y no se prendaría nunca de mí- dijo la princesa echándose otra vez a llorar
- No llores, él no vale esas lágrimas. Déjame contarte algo más. ¿Te has fijado en los escuderos del príncipe?
La princesa se quedó pensativa un instante y luego negó con la cabeza.
-Pues uno de ellos, uno alto y algo desgarbado, que no tiene muy buena mano con la espada pero es un buen jinete.Uno que pasa mucho de su tiempo entre libros. Uno que tañe su laúd por las noches en el jardín que hay bajo tu ventana...
-¡Lo he oído! ¡Sí! pero no se quien es...
-Pues quizá no toca justo ahí por casualidad, quizá, y solo digo quizá, deberías asomarte una de estas noches a tu ventana...Quizá, él si te ha mirado, y te ha visto tal y como eres.
-¿Cuándo?- preguntó la princesa.
-Cuando paseas sola por el bosque, o cuando subes a lo más alto del torreón y lloras pensando que allí nadie te ve, o cuando en los bailes te escondes tras las columnas pensando que nadie quiere sacarte a bailar. Y en tantas y tantas ocasiones princesa.
-¿Y cómo he podido no verlo?
-Tampoco tú miras donde, ni como debes.
La conversación duró horas, porque la princesa no tenía muchas ocasiones de charlar con alguien que la entendiese.
Y al caer la noche, cuando la luna estaba en lo más alto. La princesa oyó aquella música que tantas veces había escuchado, pero a la que nunca había prestado demasiada atención. Se asomó tímida por una rendija de la ventana. El escudero tocaba concentrado en las cuerdas de su instrumento. Desde allí no podía verle el rostro pero ¿importaba eso? Su melodía era hermosa. Sin darse cuenta tenía la ventana abierta de par en par, y ella, estaba apoyada en el alfeizar con las mejillas arreboladas. Y al terminar la pieza que el escudero tocaba, este, alzo la mirada, para ir a encontrarse con la de la princesa....
Y ese momento, y no otro, no es el final, sino el principio...de su propio cuento.

lunes, 19 de octubre de 2015

Cuento ¿De hadas?

La princesa buscó en las páginas amarillas una bruja que pudiese ayudarla. Buscaba una capaz de hacer un hechizo, uno potente, que hiciese que el príncipe cayese rendido a sus pies. Hizo que ensillasen a su corcel más brioso y se dirigió a aquel recóndito, oscuro y lóbrego lugar del bosque que figuraba en la guía. En el hueco del árbol más viejo que encuentres...aquella era la dirección, algo vaga tratándose de un bosque de árboles milenarios todos ellos. Incluso así la princesa confiaba encontrarlo.
Había pasado con mucho la edad de ser una jovencita. Tampoco era una gran belleza, y no se destacaba por su inteligencia aunque poseía un gran corazón. La belleza está en el interior, solían decirle, pero nadie en todo el reino había visto la suya.  Por todo eso, y porque se había enamorado del más hermoso de los príncipes, buscaba aquella poción, bebedizo, palabras mágicas, o lo que fuese, para que él la amase.
Entre todos aquellos viejos arboles, después de mucho buscar, vio uno, con las hojas plateadas como si fuesen canas debidas a la edad. Tiene que ser ahí, se dijo la princesa. Descabalgó junto a una grieta en el tronco que tenía todas las trazas de ser una entrada, a la guarida de la bruja...
Le costó un poco adaptarse a la oscuridad, pero cuando pudo ver pensó que se había equivocado de lugar. Ante ella, iluminada por la luz del fuego donde humeaba un caldero, no había una horrible bruja de túnica negra, pelo blanco, nariz ganchuda y verrugas en el rostro.Si no todo lo contrario. Una hermosa joven con un vestido rosado, larga melena rubia, luminosos ojos azules y sonrisa encantadora, la invitaba con un gesto de la mano a tomar asiento.
-Perdón, creo que no eres quien busco ¿tú no eres una...?
-¡Oh! No, no lo soy- dijo la joven interrumpiendo a la princesa.
-Más bien pareces una...
-¡Oh! Si, lo soy, Soy un hada. Pero es a mí a quien buscas.
-¿Cómo es posible que tú..?
-¡Oh! Ya no se gana una la vida siendo buena. Nadie parece necesitar hadas madrinas, piensan equivocadamente que la magia de las brujas es más fuerte que la nuestra. Y pocos quieren hacer las cosas bien, prefieren la manera retorcida de alguna hechiceras.
La princesa se sonrojó. Como miembro de realeza debía creer en las hadas madrinas y temer a las brujas, y sin embargo, allí estaba...
-Lo siento, no tenía intención de ofenderte hada. Es que lo que necesito es...
-¡Oh! Sé lo que quieres, y créeme, si no se ha fijado en ti es que no te merece.
-Mírame - dijo la princesa- quien se fijaría en mí habiendo en la corte tantas bellas damas.
-¡Oh! ¡Vamos! Me he pasado siglos emparejando princesas con príncipes azules, y pocas veces ha salido bien. Cuando pasan los años ella deja de ser una belleza y él...el azul no es un color duradero, destiñe y mucho. 
-Pero están Cenicienta, o Blancanieves...ellas son felices ¿no?.
-Están atrapadas en su propio cuento...solo eso, y no saben como salir de el. ¿Por qué nadie ha escrito una segunda parte de ellos? Puedo darte lo que deseas, pero cada vez que mires a tu príncipe sabrás que no te ama por ser quien eres, sino porque yo lo hechicé para ti ¿quieres eso?.
-¿Qué puedo hacer entonces? ¿Qué me aconsejas?- preguntó la princesa muy seria.
-¡Oh! es fácil. Vuelve a palacio y busca a tu príncipe. Acércate a él y míralo directamente a los ojos. Tienes unos ojos preciosos que dejan ver tu alma y tu corazón, si no ve lo hermosa que eres en ellos, es que no merece tu amor. No pierdas el tiempo con quien no te quiere por como eres, con quien no te ama porque simplemente eres tú. Con quien cuando te mira no te ve. No tengas miedo. Es él quien tiene algo que perder, no tú.
La princesa se fue de allí sin poción, ni bebedizo, ni palabras mágicas, Ahora solo le quedaba poner en practica el consejo de su hada-bruja.
Y al llegar a palacio...


lunes, 5 de octubre de 2015

Si las miradas...amasen.

El brillo húmedo de mis ojos. Esas lágrimas, que no son llanto. Ese sentimiento, esa emoción incontenible, que solo yo entiendo. Esas, que esconden, o que dejan ver, el mejor de los momentos. El único, el que no se repetirá, el que no sabré repetir porque nada será igual. Ese nudo en la garganta que no me deja hablar, solo mirarte. Ese silencio cargado de promesas, las que haría, las que si tú quieres haré.
Ese grito en mi mirada, que no oyes. Ese te quiero...al que nunca respondes.

martes, 29 de septiembre de 2015

Sin titulo...

Se acostumbró a ser un secreto. Alguien que espera en la sombra a ser necesitado. A que no se pronunciase su nombre. A no tener rostro. A vivir solo en los sueños de quien recibía lo que daba.
Se acostumbró a no existir, a no estar, a no ser. Se acostumbro al dolor, de no importar.
¿Se acostumbró?
 Cuando no pudo hacerlo. Cuando la vida, su vida, le dolió; se libró de ella.

domingo, 27 de septiembre de 2015

A partir de mañana...

Mi libro está acabado. El contrato de edición está sobre la mesa del comedor, sin firmar. No hay plazos que  esté incumpliendo ni nada de eso por no haberlo enviado. Como he dicho más de una vez solo se necesita dinero para publicar un libro. Haya más o menos talento, más o menos creatividad, sean o no capaces de emocionar las palabras que componen sus páginas. Así que como pago yo...
No vivo de eso, no de lo que escribo ¿Qué me da miedo? ¿No gustar? ¿Importa?
Nunca me planteé escribir una novela romántica, aunque estaba claro que el amor salía por todas partes en todo lo que escribía. Tampoco imaginé nunca que escribiría escenas más o menos eróticas. Ese era siempre mi punto flaco, en cuanto mis personajes se acercaban al primer beso yo hacía como en aquellas películas antiguas...fundido a negro y fin. Describir besos, caricias, sensaciones, emociones, supuso un reto personal. Aunque si comparo lo que escribo en ese apartado con lo que escriben quienes saben hacerlo, sigo haciéndolo en...blanco y negro. Pero he de reconocer que me gusta así. Para mi el erotismo debe dejar lugar a que juegue la imaginación. A que sea ella quien rellene los huecos que quedan en lo que escribe alguien como yo, con un talento más que moderado. Me gusta que el sexo sea un "efecto secundario" del amor. 
Mariposa Negra está acabado, es un libro con otro libro dentro. Dos historias que han terminado teniendo un cierto paralelismo. Con emociones, sensaciones, y todos esos momentos de inseguridad e indecisión que rodean a Valentina, los que la conocen sabrán de que les hablo. Con ese sexo consecuencia de lo que siente, de lo que su corazón siente. Siempre...dulce y cálido, siempre emotivo. Y no por eso menos...excitante.
Sirvan estas palabras para exorcizar ese miedo "escénico" del que no me libro últimamente. Sirvan para presentar, desde aquí, desde este rincón al que casi nadie presta atención, a mi libro. A esa continuación de la vida de Valentina, de Para ti, amor mío. A todas esas palabras que he ido escribiendo hasta tener un buen puñado, y a las que he titulado...Mariposa Negra.
Mañana, enviaré el contrato. A partir de mañana...no habrá vuelta  atrás.

lunes, 14 de septiembre de 2015

¿Vivo?

Vivo de tus ojos, en ellos.
Vivo de tus labios, en ellos.
Vivo de tus manos, en ellas.
Vivo, de tu cuerpo en el mío.
La mujer que ves la creas tú. No existe sin ti, no vive sin ti. No es más que una cascara vacía en espera de que la llenes. Como una flor que pliega sus pétalos a la noche en espera del nuevo día, en espera del sol. Una semilla en espera de la primavera. Un corazón  en espera de latir por amor.
Contengo el aire, en espera de tu aliento para respirar.
Contengo mi vida, en espera de que me la des tú.
Tú decides...si voy a vivir; o no.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Todos los besos que me debes...

Todos los besos que me debes...
Una cuenta pendiente que crece y crece. Una deuda que reclamar. Un pago que querría inmediato.
La paciencia y la prudencia, ¿virtudes? ¿defectos?  Quizá lo sean si lo son en exceso.
Excesivamente paciente¿se puede pecar de eso?  Quizá parece que espero y que olvido, todos esos besos que me debes. Que no quiero que abones lo que adeudas, porque no exijo su pago. Porque espero que sea el deseo de devolvérmelos uno a uno el que te traiga de nuevo a mí. Porque nunca soy lo que se espera de mí. Porque siempre hago mucho, o hago poco, pero nunca en la cantidad correcta.
Excesivamente prudente ¿también se puede pecar de eso? ¿quién no calcularía los riesgos de perderte por querer tenerte? quien no estaría atenta a una palabra de más, a una de menos. Estos pies de plomo me atan al suelo y no dejan que me mueva. Y las alas se me atrofian, se encogen dolorosamente de no poder alzar el vuelo ¿nunca me has visto volar? ¿no querrías verme volar?
Hasta ti, y hasta todos los besos que me debes...



lunes, 7 de septiembre de 2015

Desde mi reino.


Estoy atrapada aquí, este es mi reino.
Este pequeño espacio en blanco donde escribo. No soy más que esto, palabras. Puedo hacer o deshacer a mi entera voluntad. Nada se me niega, este es mi reino. Soy dueña absoluta de todo cuanto sea capaz de crear. Puedo estar sola en él, o traerte hasta mí sin que puedas hacer nada para evitarlo. Puedo escribirte y tenerte. Pero no puedo salir de aquí.
Este que ves ante ti es mi basto imperio, mi reino.
Compártelo conmigo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

De pedacitos de...

Fue dejando parte de ella por distintos lugares. Trozos, unos más pequeños que otros. Fragmentos de ese rompecabezas que era su interior. Todo aquello que no se ve y que algunos intuían. Y solo quien es capaz de hallar, de unir, de ensamblar cada una de esas piezas consigue conocerla.
Ella misma pierde en ocasiones porciones de si misma. Algunas veces siente que nada encaja en su sitio. Que tal vez alguien se ha quedado con una de esas fracciones en la que se ha ido dividiendo. Que ha sido diferentes personas para quien la necesitaba. Que se ha adaptado a lo que deseaban. Que se ha fragmentado tanto y tantas veces, que ni ella es capaz de recomponerse.
Nadie, puede que nadie, haya completado nunca la imagen que conforma todos esos pedacitos.
Tal vez nunca, nadie, tenga la paciencia...

martes, 1 de septiembre de 2015

Cuando el verano...

Cuando el verano se agote. Cuando le ceda espacio al otoño y la vida parezca marchitarse. Cuando el verde de los arboles cambie a una  paleta de rojizos y dorados. Cuando el cielo se torne gris día sí, día no. Cuando las nubes no dejen ver el sol. Cuando los atardeceres sean rápidos y tempranos. Cuando los amaneceres vuelvan a ser fríos.Cuando la Luna llena encuentre todas las ventanas cerradas y no halle por donde colarse. Cuando el viento sople solitario y quejoso arrastrando las hojas muertas por la calle. Cuando la lluvia sean lágrimas gruesas golpeando los cristales. Cuando todo sea preludio de invierno, de frío, de escarcha. Cuando las noches no estén perfumadas por las flores nocturnas. Cuando sean heladas y largas, y no tenga con que arropar mi alma.
Cuando todo eso pase ¿Dónde estarás tú? Dónde estará mi primavera...

sábado, 22 de agosto de 2015

Impasible.

Resistía el impulso, el deseo de golpear en el pecho a aquella figura impasible. 
Quería zarandearlo, gritarle, ¡¡¿Por qué?!!. Quería hacer o decir algo que lo hiciese enfadar, que le devolviese los gritos. Quería que mostrase sus sentimientos, sus emociones. Debía sentir alguna cosa, por ella o contra ella. No era posible que todo pasase a su lado como si no lo tocase. Cómo podía verla sufrir, verla llorar, ver como cada día se aferraba a una ilusión que desaparecía. Cómo podía verla luchar por no rendirse, y no tenderle una mano para ayudarla. Cómo podía decirle que la amaba, y no abrazarla para protegerla. Cómo podía verla recomponer sola una y otra vez ese corazón que él rompía, y no recoger del suelo ni un solo pedazo para ella. Cómo era tan frío. ¿Acaso no sentía su calor cuando la tenía cerca?
Ya no tenía nada más para poder darle. No le quedaba nada, se había vaciado por completo. Arañaba cada día los restos de aquel amor, reuniéndolos en un intento vano de darle vida otra vez. Aún le quedaba un hálito de esperanza. Si él se diese cuenta de cuanto lo amaba. Si la mirase a los ojos tal vez la viese. Si se despojase de aquella coraza tras la que se escondía, tras la que se parapetaba. Si dejase hablar a su corazón...Si por una vez perdiese esa fría e impasible compostura.
Si dejase de mirarla como ahora, desde lejos, con la indiferencia que uno muestra a un loco... a una loca...

martes, 18 de agosto de 2015

Calígine.

Nunca vio el mundo como los demás. Sus ojos eran distintos.
No existían límites. Su mundo no estaba bordeado de ese trazo oscuro que delimita los objetos, como en los dibujos que otros coloreaban de niños. Nada era preciso. Todo se difuminaba y cambiaba.
Su imagen en el espejo era un bosquejo, un boceto. Formas de colores suaves, una figura aún sin terminar. Su pelo era una nube oscura, sus ojos un simple borrón. Su nariz aparecía sin perfilar. Sus labios apenas eran un trazo con color. El resto de su cuerpo parecía envuelto en la neblina, en la bruma de un amanecer. Sus manos apenas cobran forma en la distancia. Igual pueden ser manos que alas, igual podría... echarse a volar.




martes, 11 de agosto de 2015

En ausencia de ti.

En ausencia de ti.
En ausencia de tus ojos, de tu boca, de tus manos, de tu cuerpo...de tu alma.
En esta negrura fría y eterna que cubre mis noches y mis días...en ausencia de ti.
En este silencio ominoso que solo el de tus besos puede desplazar.
El silencio de tus besos, el silencio de tu amor, el silencio de amarnos...roto por suspiros, gemidos, jadeos, gritos...que no oigo en ausencia de ti.
En ausencia de ti, respiro, intentando encontrar tu olor en el aire.
En ausencia de ti, duermo, queriendo soñarte y retenerte en mis sueños.
En ausencia de ti, mi corazón late, suplica, grita tu nombre en cada latido.
En ausencia de ti.
Sin todo eso, sin nada, esperando que tu presencia me haga vivir.
En esta desesperante locura, sola
Acaba con ella, termina, sálvame de ella, libérame de ella...vuelve.
Quiero dejar de sentir.
Esta ausencia de ti.

miércoles, 29 de julio de 2015

Las lágrimas de la luna.

Anoche, en esa hora fronteriza entre un día y otro. Cuando el calor de la tarde aún se resistía a marcharse. Cuando la luna lucía en  el cielo casi llena, acabando de completarse, llovía. Gotas grandes, pesadas, gruesas, lentas, que golpeaban el suelo todavía ardiente sin dejar apenas rastro. No hubo tormenta,  ni nubes que la presagiasen. La noche no se abrió en dos cortada por los relámpagos. Solo había silencio, solo estábamos la luna y yo. Y una de esas peticiones que  hacen los que esperan, los que aman, los que desesperan ..a esa misma luna que une a los amantes en la distancia.
Y esas gotas grandes, pesadas, lentas, fueron las lágrimas de la luna que lloraba conmigo tu ausencia. Qué no habrá visto la luna, qué no habrá oído, cuánto no habrá llorado...
De noche, en esa hora fronteriza entre un día y otro.

miércoles, 15 de julio de 2015

Hasta que vuelvas...

Estaré esperando.
Contaré los días, una vez más. Las horas, cada día. Los minutos, cada hora. Los segundos, cada minuto. Veré salir y ponerse el sol. Veré la luna menguar y crecer hasta llenarse. Colmaré el aire de suspiros. Y sentiré mi piel arder por ti. Se hará un vacío en mi pecho. No oiré el silencio de los besos. Y el frío por la falta de tu abrazo querrá helar mi corazón. Me llenaré de anhelos. Conversaciones que no conversaremos. Y cientos de noches que no haremos el amor. Ausencia. Una pausa tan larga como un final. La nostalgia y la añoranza, una visita indeseada. Un no me olvides. Un ¿me recordará?
Imaginaré una y otra vez tu regreso. Invocaré tu presencia en mis sueños. Odiaré despertar.
Estaré esperando.
Contaré los días...

miércoles, 8 de julio de 2015

Penumbra.

Penumbra.
Puede que un atardecer, tal vez noche con luna, ¿velas?. Nunca hay suerte para un amanecer.
Los días pasan lánguidos, las horas se arrastran perezosas y pesadas estirando hasta lo imposible los minutos.
Penumbra.
Sábanas blancas, revueltas, cálidas de amor. 
Penumbra.
Pieles, manos, labios, ojos. Caricias, besos, miradas,  intimidad, sensualidad,  complicidad. Risas, pasión, sexo.
Penumbra.
Silencio, ese que siempre traen consigo los besos. Nadie como tú, como yo, entiende ese lenguaje carente de palabras. 
Penumbra.
Lees en mi piel lo que deseo. Como si en cada pequeño pliegue, lunar o cicatriz estuviesen escritos todos mis anhelos.
Penumbra.
La de mi pelo cubriendo tu rostro cuando te beso, cuando estoy sobre ti. Cuando estás dentro de mí.
Penumbra.
En la que me pierdo....te pierdes...nos perdemos...nos encontramos...
Penumbra...


lunes, 6 de julio de 2015

Esperando a las musas.

Mi inspiración debe estar en alguna parte a la sombra. Mis musas, refugiadas en algún paraíso helénico o romano. Tumbadas sobre mullidos cojines de seda, alimentándose de ambrosía,y dejándose mimar por cualquier mortal, o dios, de incomparable belleza. Rodeadas de exóticas flores y rumorosas fuentes. Envueltas en túnicas de fina gasa que dejan entrever sus hermosos cuerpos. Oyendo como Euterpe, musa de la música, toca la flauta o la lira. Mientras Erato o Calíope  cantan. Y la bella Terpsícore, musa de la danza, baila. No sé cual de ellas o de sus numerosas hermanas es la que debería visitarme, puesto que no canto, no bailo, y no toco instrumento alguno. Pero sea la que sea que decida dejar su descanso veraniego y pasar a verme, estaré más que encantada de recibirla. 
He de terminar un libro, mis personajes esperan con cierta impaciencia. El cursor está deseando coger carrerilla yendo por delante de mis palabras. Aunque nunca sepa que he escrito, porque no  puede darse la vuelta y leer. Tengo páginas y páginas en blanco que están que se mueren por vestirse con mis letras, por envolverse en mis frases, por cubrirse con mis párrafos. Tengo un FIN por poner, y se está cansando de esperar, aun sabiendo que es el último en salir.
En fin... no tengo ambrosía en la nevera, pero si helado de chocolate en el congelador...
¿No os tienta queridas musas?

domingo, 28 de junio de 2015

Olía a él...

Olía a él. Su olor se le pegaba a la piel.
Sabía a él. Su sabor recorría todavía su garganta.
Podía verlo. Con los ojos del amor que sentía, sin cerrarlos, sin imaginar. Era tan real que si alargaba esa mano que aún conservaba su fragancia...¿lo tocaría?
Se llevaba las manos a la cara, a la boca, a la nariz. Aspiraba con fuerza aquel aroma y volvía a estremecerse de placer. Lo buscaba en ella. Buscaba su rastro, aquel olor, el de su piel, el de su amor. Buscaba el calor de sus caricias, la fuerza de su abrazo, el peso de su cuerpo. Sentirlo de nuevo dentro de ella. Con la lengua recorría el interior de su boca, saboreando los restos de sus besos. Evocando el sabor de su más íntima esencia, la que él había derramado para ella.
Sí...aún olía a él...

viernes, 26 de junio de 2015

Quizá algún día...quién sabe..

Le regaló una canción. Unos minutos de música con unas cuantas frases que hablaban de amor.

- Quiero que la oigas  - le dijo ella
.¿Por qué? - preguntó él.
-No sé.. porque me gusta. Porque habla de ti, de mí, de lo que sentimos. Guárdala.- dijo ella.
-¿Para qué?- preguntó él .
-Porque quizá algún día necesites volver a conquistarme. En una noche de verano a la orilla del un río después de una tormenta. Mientras esperamos que el cielo se despeje, y las nubes, nos dejen ver las estrellas. Quizá algún día, quién sabe, puede que quieras decir algo y no encuentres las palabras. Puede que decir te quiero se te quede pequeño y quieras decirme que me amas. Puede que quieras pedirme que me quede, que no me vaya. Quien sabe...quizá algún día...sea yo quien te haga falta.

Él esbozó una sonrisa y simplemente dijo.
-Gracias.


domingo, 21 de junio de 2015

¿El principio o el fin?

Un círculo, donde no se sabe cual es el principio y donde está el final. 
Todo empieza justo cuando termina. O todo empieza a terminar en cuanto da comienzo. Y aunque parece que nada es para siempre hay cosas que duran  una eternidad. Puede que solo sea que vuelven una, y otra, y otra vez.
Tus ausencias son eternas, no tienen final. La hora de tu marcha está marcada en tu hora de llegada. Como un billete de tren de ida y vuelta sin posibilidad de cambio alguno.Y te vas aun antes de llegar. Los saludos son también las despedidas. Un todo que parece nada. Una nada que parece todo. Como un verano que solo durase un día, dando paso a un eterno y apagado otoño. Como un invierno con tan solo unas horas de ansiada primavera. Como un solo rayo de sol en mitad de un cielo lleno de nubes. Como una simple y pequeña gota de agua en medio de un árido desierto. Como unos labios que no pudieran dar más que un solo beso. Unos ojos que no pudieran mirar a la vez. Un corazón en el que la sístole no encontrase a su diástole. Como un pecho que se vacía de aire y no pudiese volver a llenarse. Como dormir sin soñar. Como escribir con tan solo unas pocas letras. Como amarte sin que estés aquí...
Un círculo completamente incompleto del que no puedo salir.
Mi amor...por ti...sin ti...

sábado, 13 de junio de 2015

¿Pienso, luego existo?

Creaba, eso decían de ella, que era capaz de crear.
Solo escribía, escribía todo aquello que era capaz de ver en su mente. Solo ponía en palabras su imaginación. Y algunas veces quería ser alguno de aquellos personajes que imaginaba. Quería vivir sus vidas, quería que fuesen reales. Algunas veces no  importaba de lo que sus personajes carecieran. Algunas veces prefería tener ese nada.  Tal vez porque ella en apariencia lo tenía todo, pero esa era la palabra, apariencia.
Imaginaba vidas en las que las decisiones importaban, en las que había que tomar decisiones. Vidas en las que esos seres ficticios se arriesgaban a tomarlas. Tal vez porque ella haría, imaginaría, un final en el que todo terminaría más o menos bien. Algunas veces imaginaba que ella misma era un personaje que alguien escribía y describía. Que sus emociones estaban dictadas por la pluma de alguien que era capaz de crear, de imaginar, como ella. Se preguntaba si estaría imaginando un final feliz para ella, o si por el contrario no le estarían destinados más que problemas y lágrimas. Si todos esos pensamientos que llenaban continuamente su cabeza no eran más que la imaginación, la creatividad de otro. Y todo aquello no era propio, no le pertenecía, porque en realidad ella no era más que unas palabras en un papel. Tal vez en realidad, ella, no existía.
Quizá por eso, tal vez, algunas veces...prefería los puntos suspensivos al punto final...de esa manera todo estaría siempre...por acabar...

domingo, 7 de junio de 2015

Ya he escrito antes del tiempo.

El tiempo es mi enemigo pero no puede detenerse.
Hace que los momentos que disfruto pasen, pero igualmente hace que se vayan esos otros que no me gustan. Su fortaleza es su debilidad. Se ríe de mí trayendo lo que no quiero. Y yo me río de él, porque es él mismo quien acerca a mí lo que deseo. Si alguien pudiese poseer el tiempo tendría la mayor fortuna. Si yo pudiese ser dueña y señora del tuyo. Manejar a mi antojo todo tu tiempo. ¿Me serviría de algo? ¿O tendría que ser también dueña y señora de tu voluntad? Quizá no sea mi peor enemigo el tiempo, sino tú mismo, tu voluntad en contra de la mía. Y el tiempo no es más que tu excusa. Una excusa perfecta que no puedo rebatir.
Es probable que esto no sea más que otro bucle del tiempo, Una vuelta más de las agujas del reloj, Una estación más que sucede a otra, Una vuelta completa del planeta. Un día más igual que otro. He escrito esto mismo una y otra y otra vez. Intentando cambiar el tiempo, Ir marcha atrás. Quizá hacia adelante pero ¿Hasta dónde? ¿Existirá lo que sueño en algún momento en el tiempo? ¿Sera mío tu tiempo?
Ni tú ni yo tenemos la respuesta.
¿Sabes quién la tiene?.
Sí, él, el tiempo.

martes, 2 de junio de 2015

¿Tienes miedo?

El día que dejó de amar se libró del miedo.
Ese miedo continuo que la atenazaba, que la paralizaba. Ese miedo a no hacer lo que se esperaba de ella, a no ser como él quería, a no comportarse como debía. Ese miedo a equivocarse una sola vez y no ser perdonada. Miedo a dejar de ser perfecta, a no conseguir serlo. Miedo a hacer daño y a sufrirlo. Miedo a mirarse en sus ojos y que él no la viese. Miedo a desaparecer y que nadie la echase de menos. Miedo a ser...nada. 
Miedo a perder a quien amaba.
A quien amaba, sin miedo.
El día que dejó de amar se dio cuenta del tiempo perdido, teniendo miedo...al miedo.
El día que dejo de amar, y ya no sintió nada.

domingo, 24 de mayo de 2015

Ella...

Ella era capaz de ver mares e islas dibujadas por las nubes rojas del atardecer. En esos escasos minutos que el sol tarda en ocultarse. En esos últimos segundos en los que ya no hace daño a los ojos, pero sigue regalando color, formas, sueños. En esos momentos ella no aparta la vista, y el corazón le late con la esperanza de que el fin de un día, da siempre comienzo a otro. La esperanza de que quizá lo que no ha sido posible hoy, lo sea mañana. Y a lo lejos entre las nubes encendidas ve ese castillo que hace años que construye. Tan sólido y tan real que casi podría tocarlo, si pudiese acercarse. Si tan solo pudiese acercase...
El sol se pone, el cielo convertido en mar se oscurece. Las islas hechas de nubes se vuelven grises y negras. El castillo se oculta entre ellas, se pierde de su vista. Se acaba un día. Las estrellas se van encendiendo poco a poco. La luna reinará por unas horas, luciendo como más le agrade, delgada y menuda o tal vez grande y oronda. 
Ella deja de mirar al horizonte y se va a dormir, para no dejar de soñar...

miércoles, 20 de mayo de 2015

Una siesta...

Es media tarde y hace calor. No soy muy de siestas pero me apetece una, una contigo. 
Bajo la persiana en el balcón para atenuar la luz  ardiente de principios de verano. Aunque eso nos oculte en parte la vista del jardín, La brisa hace mover las ramas en los arboles, frondosos, y con las hojas del verde más intenso que puedas imaginar. Trayéndonos el perfume que derraman las flores acariciadas por el sol. Se oye cantar una cigarra, que mejor banda sonora,  que junto al rumor del agua en la fuentecilla parece tener intenciones de adormecernos. No hace calor aquí dentro pero no llevas puesto más que la piel. Veo tu perfil recortado a contraluz. Tienes los ojos cerrados pero creo que no duermes. Alargo la mano y con un dedo, con uno solo, con el dedo corazón de mi mano izquierda te rozo. Me gusta tocarte cuando estás así, tranquilo y sosegado,  y aprenderte de memoria para no tener que cerrar los ojos al recordarte cuando no estás a mi lado. Pongo el dedo en tu frente y empiezo a descender por ella, el entrecejo, el puente de tu nariz, tu boca, tus labios, tu mentón donde siento como tu barba está queriendo crecer. Suspiras ¿duermes?. Mi dedo continua bajando por tu cuello, hasta ese hueco donde te late el pulso y me detengo ahí un instante ¿late así por mí?. Me desvío a la  derecha por el hueso de tu clavícula que tensa tu piel, el hombro, los músculos bien definidos de tu brazo, fuertes. Doy un salto mortal y hago que mi dedo caiga en tu pecho. No puedo contenerme, no me resisto a la tentación y extiendo la mano para acariciarte. Para notar ese vello oscuro, áspero y suave a la vez, en la palma de la mano. Suspiras otra vez ¿te he despertado?. Sigues con los ojos cerrados. Mi mano se vuelve tímida de nuevo y se convierte en un solitario dedo. Resbalo por tu vientre, y mi dedo sube y baja con tu respiración. Tu ombligo, una frontera. Conozco cada marca de tu piel, cada pequeña cicatriz. De nuevo me desvío a la derecha, tu cadera, tus largas y fuertes piernas ante mí. No las alcanzo sin tener que moverme. De repente me siento felina y me pongo a gatas, Cambio mi dedo por mis labios, y me tienta la posibilidad de atreverme a saltar esa frontera que un instante antes había dejado atrás, De aventurarme en lugares que aun siendo conocidos siempre son excitantes. Dejo que sea mi boca, la punta de mi lengua, quienes te vayan reconociendo. Encuentro esa parte tan masculina tuya, esa muestra de tu virilidad. Y medio gata como soy ahora te conviertes en mi juguete, en mi presa. Mis labios comienzan a buscarte, te siento crecer en mi boca. Suspiras ¿gimes? Tu mano aparta mi pelo, levanto la vista y me miras a los ojos, Y estos te preguntan...
¿Quieres que siga?

miércoles, 6 de mayo de 2015

Palabras, siempre palabras.


Mi deseo bebe de la fuente de tus palabras. Crece y se alimenta de la fuerza de mi imaginación.
Siempre palabras entre tú y yo.
Palabras enviadas lejos que se pierden. Que se pierden entre las nubes. Que se quedan prendidas en las cumbres de lejanas montañas. Mojadas por la lluvia, desechas por el viento.
¿Quién sabe dónde van a parar las palabras perdidas?
Las palabras de amor que nunca encontraron su destino. Los corazones que se rompieron por su ausencia, por esperar palabras que nunca llegaron. Palabras mudas y frías sobre un papel, sin ninguna entonación. Tan llenas tal vez de sentimientos y pareciendo tan vacías.
Mi amor bebe de la fuente de tus palabras. De la unión de cada una de las letras que componen nuestro amor. De ese pasado aún reciente. De ese futuro siempre tan incierto. De este presente tan intenso. De esa vida nuestra inexistente, ficticia, y a la vez tan real.
Mis sueños beben de la fuente de tus palabras. Sueños en los que eres mio, sin palabras, con silencios. Silencios rotos solo con gemidos, con jadeos, con suspiros, con gritos. Gritos ahogados por besos. Besos profundos, lentos, largos, sin pausa. Besos que son la caricia más completa que se pueda sentir. Besos escritos con palabras,
Siempre palabras entre tú y yo.
Un amor, reducido a unas pocas sílabas.
Tú y yo.

miércoles, 15 de abril de 2015

La abuela Dolores.

La abuela Dolores no sabía leer ni escribir. Nunca se lo dijo a nadie. A lo largo de sus muchos años siempre se las arregló para no confesar que era analfabeta.
Dolores nació en un cortijo a principios del siglo pasado. Fue la pequeña de cinco hermanas, y su padre, al no tener varones no creyó de utilidad gastar dinero en un maestro. En aquellos tiempos los había que recorrían los campos, enseñando a los hombres de la casa a cambio de una comida caliente y algunos reales. Fue su  madre quien le enseñó lo poco que sabía. Cosas prácticas como a hacer cuentas con los dedos, para que no la engañaran si la enviaban a comprar algo al pueblo. Era una niña despierta, con unos preciosos ojos azules y una espesa melena oscura, que su madre recogía en una apretada trenza. En su casa, como en algunas otras, tenían una Biblia. La ponían encima de la mesa el día que el cura iba de visita. Por allí iban poco a misa, sólo había tiempo para trabajar. Pero el sacerdote gustaba de los guisos, que con la gallina más gorda, preparaba el día de visita la madre de Dolores. Ella solía mirar el libro curiosa, con sus pastas de cartón y las grandes letras que un día fueron doradas. Aunque por la mala calidad del ejemplar hacía tiempo que habían perdido el brillo. Miraba entre sus páginas aquella fila de letras, pequeñas, apretadas, y se quedaba maravillada cuando el cura leía un párrafo en voz alta. Siempre preguntaba a su padre que decía aquí o allá, pero éste, que tampoco era muy ducho con las letras, le daba largas diciéndole “nada que te interese mocosa, anda a ayudar a tu madre”. En su interior Dolores, se prometía que algún día... sí, algún día...
Sus hermanas se fueron casando cuando les fue llegando la edad. Ella lo hizo con tan sólo diecinueve años. Su marido, Antonio, no era mas que un jornalero que tenía arrendadas unas tierras cerca de donde vivía Dolores. No disfrutaría mucho de su vida de recién casada.
Corría el año 1936 y la Guerra Civil estaba a punto de comenzar. Las noticias que llegaban de Málaga eran alarmantes, pero al principio nadie temió que todo aquello llegase hasta aquel lugar en mitad de la Sierra de Ronda. Una noche su hermana mayor y su cuñado, llamaron a la puerta. Dolores estaba en camisón, acababa de saber que estaba embarazada y no se encontraba demasiado bien. Tenían que salir de allí lo antes posible. Los militares habían llegado al pueblo y se decía que habían fusilado a algunos hombres en la puerta del cementerio. Dolores oía hablar de “rojos” y “de los nuestros”, pero no sabía muy bien a que bando pertenecían ellos. Su marido, que el año anterior había acudido a algunas reuniones de aquellas que eran “cosas de hombres”, se asustó mucho. Hizo un hatillo con las pocas cosas que tenía, metieron algo de comer en unas alforjas que Antonio se echó a la espalda, y salieron en mitad de la noche. Pasaron días caminando. Encontraron a muchos que huían como ellos, los caminos estaban de llenos de mujeres, niños y  ancianos. Los hombres más jóvenes, como Antonio, se alistaban o eran reclutados a la fuerza. Ella nunca supo que mano divina los protegió a ella y a su bebe. Sufrieron toda clase de calamidades, el frío y el hambre fueron sus compañeros de viaje. Siempre guiados por el temor de los que iban encontrando que les decían “no vayáis por ahí, ayer mataron niños allí” o cosas como “han violado a las monjas del convento en aquel pueblo”. Su larga caminata la llevaría hasta tierras de Levante donde nacería su primer hijo, Miguel. Antonio tuvo que ir a la guerra. Se quedó sola con su pequeño, en una tierra desconocida y con una gente que no era la suya. Estuvo allí hasta que Antonio volvió sano y salvo. Ella había algunas de las cartas que él le envió, pero jamás supo que decía en ellas, ni pudo contestarlas. Las extraviaría en el largo camino de vuelta a su tierra.
Encontraron su casa en ruinas, alguien le prendió fuego con todo lo que contenía. Se instalaron con los padres de Dolores que habían sobrevivido de milagro. Nada se sabía de sus hermanas ni de sus cuñados. Lo más angustioso fue que para cuando estalló la guerra Dolores tenía dos sobrinos, de los que tampoco había noticias. Jamás volverían a saber nada de ninguno de ellos. Sólo chismes y rumores que contaban las comadres, cuando se reunían en los corrillos del pueblo.
Después de Miguel Dolores tuvo cinco hijos más, todas hembras, menos uno, el más pequeño, que habría llevado el nombre de Antonio pero que nació muerto. Cuando llegó la edad en que Miguel debía ir al colegio su padre se negó. Lo necesitaba para arar, sembrar, segar... o lo que en aquel momento se precisara en el campo. Dolores, insistió en que su hijo, y algo más tarde, todas sus hijas fueran al colegio. Haciendo ella un sobresfuerzo para suplir con su ayuda la que no podrían prestar sus hijos. Nunca podían asistir el curso entero y para ir tenían que caminar varios kilómetros. Pero Dolores sonreía orgullosa cuando los oía leer. No consintió que abandonaran la escuela hasta no haber aprendido lo que en aquel entonces podía considerarse suficiente. Leían, escribían, sumaban, restaban y se defendían con todo lo demás. Sólo Miguel demostró tener dotes para estudiar, y sólo él, tuvo después uno de aquellos maestros que como en la época de Dolores recorría los caminos. Miguel era como ella, curioso y siempre deseando aprender. Antonio no tardó mucho en  dejar de pagar al maestro y las clases se acabaron. Terminando asi con los sueños del muchacho, y con los de su madre, a la que le habría gustado que su hijo fuese maestro, y así ella, algún día, también podría aprender.
La vida no fue fácil para Dolores que enviudó pronto.  Antonio no le dejó más que deudas y bocas que alimentar. Miguel tuvo que ir a trabajar los campos de otro por un mísero sueldo. Dolores, ayudada por sus hijas, que eran aun pequeñas, llevaba las pocas tierras que quedaron  y no tuvieron que vender para pagar el entierro.
 Unos pocos años más tarde también tendrían que deshacerse de la casa, que había sido de sus padres,  para marcharse a vivir al pueblo. Dolores no se achicaba con facilidad. Quizás no pudiera poner su firma en un papel, y se avergonzaba de ello, pero haría lo que fuese por sus hijos. Trabajó día y noche sin descanso. Miguel la ayudaba con un poco de dinero que nunca era suficiente. Sus hijas crecieron y poco a poco comenzaron a hacer sus propias vidas. Ella siempre las animó a luchar por sus sueños y a que escogieran su camino. Además de Miguel, sólo Isabel, la más pequeña seguía viviendo con ella.
A mediados de los sesenta Miguel se marchó a Francia. Le hablaron de que allí podía ganarse bien la vida, ahorrar para comprar unas tierras y volver a trabajar en el campo, pero esta vez siendo el amo. Sólo serían unos años, eso le dijo a su madre. Una mañana de Enero Dolores acompañó a su primogénito a la estación. Era la primera vez que “su niño” que ya tenía más de treinta años, no dormiría bajo su techo. Se marchó con la promesa de escribir cada semana para contar a su madre como le iban las cosas. Durante dos años, cumplió su promesa. Dolores recibía las cartas, las abría, recorría con la yema de los dedos aquellas letras que le escribía su hijo, y por un instante, era como tenerlo de nuevo en casa
Un día las cartas dejaron de llegar. El instinto de madre le dijo que algo no estaba bien. Fue en busca de las familias de los que se marcharon con él, pero nadie sabía nada. Algunos le dijeron que no se preocupara, quizás tenía una novia y eso le había hecho perder el contacto. Pero ella sabía que “su niño” no le faltaría a una promesa así porque sí. Sin saber que hacer se fue al Ayuntamiento, alguien habría allí que pudiera hacer algo. Y como en todas partes hay gente buena, hubo quien la escuchó. Pedro,  un secretario que acabaría casándose con su hija pequeña, Isabel. El muchacho, consiguió hablar por teléfono con el consulado de Francia en Madrid. Allí, y con los pocos datos que Dolores les facilitó, prometieron averiguar que sucedía con Miguel.
Un mes más tarde, Pedro recibió una carta en el Ayuntamiento. Estaba en francés y tuvieron que recurrir a uno de los pocos profesores que de esa lengua había en el pueblo.
Las noticias no podían ser peores, Miguel había muerto meses atrás. Al parecer el joven enfermó, y lo que en un principio parecía un simple resfriado se había ido complicando hasta ser una neumonía que resulto mortal. Al parecer escribió a su madre hasta el último instante. En una de sus misivas le pedía que fuese a verlo porque temía no recuperarse. Esto lo supieron por un médico, hijo de españoles, que aunque prometió avisar a su madre si le pasaba algo dijo “sentir mucho haber olvidado el caso”, y pedía perdón en la carta.
Dolores corrió a su casa llorando sin consuelo. Sacó del cajón donde las guardaba todas las cartas de su hijo. Repasó las últimas y vio que las letras eran más endebles, como si le fallara el pulso. La preciosa letra de su hijo quiso decirle algo y ella... no supo leerlo.
“Su niño” había muerto solo en un país extranjero, rodeado de extraños, sin el calor ni el consuelo de su madre. Nadie había acudido a su entierro y nadie llevaba flores a su tumba. Dolores, desgarrada por el dolor de su perdida, no encontraba alivio. Pedro y algunos otros, reunieron el dinero suficiente para que fuese a ver por última vez a su hijo, Isabel la acompañaría.
Dolores apenas recordaría nada de lo que vio en aquel viaje. Ni los campos verdes, ni los hermosos paisajes que recorrió. Sólo pensaba en ver a su hijo, aunque lo único que vería sería una lápida. No era más que un rectángulo de piedra gris, con una inscripción que su hija Isabel leyó. “Miguel González Pérez, 33 años”. Recorrió una y otra vez con la yema de los dedos las letras que componían el nombre de su hijo, tal y como solía hacer con las cartas. Entre lágrimas le pidió perdón una y mil veces por no acudir en su ayuda, por no saber ver, por no saber leer. Nada ni nadie podía consolarla, ninguna madre debía sobrevivir a un su hijo, repetía cuando alguien intentaba darle ánimos.
Dolores se vistió de negro cuando murió su hijo, y nunca más se quitó el luto. Un luto y un recuerdo que la acompañó a  todos  los acontecimientos que se fueron sucediendo en la gran familia que había formado. Las bodas de sus hijas, los bautizos de sus nietos, las primeras comuniones...  y siempre decía “a Miguel le habría gustado mucho ver esto”.
 Pasaba el tiempo en su casa, envejeciendo, su hermosa melena negra se tornó blanca como la nieve, se recogía el pelo en un moño que cada día era más pequeño. Sus hermosos ojos azules se rodearon de un sin fin de diminutas arrugas. Sentía que ya nadie la necesitaba, había luchado mucho, trabajado hasta quedarse sin fuerzas, ahora ya no la necesitaban. Pero aún le quedaban algunas cosas pendientes...
 Hace cosa de un año la abuela Dolores, con sus casi noventa años, estaba escuchando la radio. Y para mi sorpresa dijo:
- Niña, mañana me acompañas a la Casa de la Cultura, que dicen que van a dar clases para los mayores. Tú ven conmigo por si hay que rellenar algún papel, que ya sabes que veo poco.
No le dije ni que si, ni que no, pensando que al día siguiente no se acordaría. Pero por la mañana bien temprano la abuela Dolores estaba esperándome, con el moño más apretado que nunca y la toquilla nueva que le había regalado para su santo.
Caminó por la calle cogida de mi brazo como hacía siempre, con paso lento pero seguro. Era una mujer fuerte a pesar de los achaques propios de su edad. Y aunque estaba “muy gastada” como ella misma decía, aquella mañana  se había levantado con unos ánimos totalmente nuevos.
Rellené los impresos y en una semana, la abuela Dolores comenzaba sus clases. Fue una alumna aplicada que usó las cartillas que yo tenía guardadas de cuando iba a párvulos. En pocos meses leía sus primeras frases y escribía, despacio, y esforzándose por hacer una bonita letra. Al terminar el curso, la profesora quiso que leyera un libro. Algo sencillo, nada complicado dado su edad y sus, en realidad, pocos conocimientos de lectura. Fui a recogerla para acompañarla a casa y estaba manteniendo esta conversación con su maestra.
- Bien Dolores, espero tenerla aquí el curso que viene. Me gustaría que leyese algo en las vacaciones, quizás alguno de los libros que hemos comenzado en clase y...
- No hace falta señorita- dijo la abuela Dolores interrumpiéndola- si no me he muerto vendré, tengo mucho que aprender y llevo un poco de retraso. En cuanto a la lectura, tengo en casa algo que llevo muchos años queriendo leer, tengo para todo el verano. Son dos años de una vida que un día me perdí.
Todas las mañanas la abuela Dolores se sentaba junto a la ventana donde el sol iluminaba con fuerza. Iba sacando de una vieja lata de galletas unas cartas amarillentas. Desdoblaba el papel con cuidado y repasaba las letras una a una con las yemas de los dedos, pero esta vez, sabiendo lo que decían. Leía despacio, la bonita letra de Miguel. Cuando no conocía alguna palabra me llamaba para que se lo aclarase. Lo que más le gustaba era leerme en voz alta algún párrafo. Solía mirarla sin que se diese cuenta, sonreía y lloraba casi a la vez. Después, a lo largo del día, me hablaba con detalle, de lo que aquel día le había contado Miguel.
Decía que ya podía morirse tranquila, que su hijo le pedía en una de sus cartas, que fuese a verlo, que se moría sin verla otra vez. Se lamentaba de su tardanza en aprender a leer, de niña no pudo, y cuando fue una mujer no se permitió del lujo de dejar de trabajar un instante, todo su tiempo fue para su familia y nada para ella.
Murió a finales de verano, en las mismas fechas que el tío Miguel. La encontré sentada junto a la ventana con su última carta en la mano, y el rostro bañado en las lágrimas que de nuevo no pudo contener.
Cuando visito su tumba, recorro con la yema de los dedos su nombre, como ella hacía con las palabras de su hijo. Y puedo sentir que de nuevo pasea de mi brazo camino del colegio, para cumplir por fin uno de sus sueños. Sé lo mucho que la abuela Dolores disfrutaría leyendo estas palabras, aunque llorase como yo al llegar a este punto.
Yo llevo su nombre, soy hija de su hija Isabel, la más pequeña.
Orgullosa de ser nieta, de la abuela Dolores.


miércoles, 8 de abril de 2015

¿Qué quiere el viento?

El viento sopla atormentado ahí afuera. Se queja, silba, aúlla, grita. Agita furioso los arboles, derriba a su paso todo aquello que no le ofrece mucha resistencia. Y hasta quiere levantarnos los pies del suelo. Llevarnos con él. Colarse en todas partes. Y no lo dejamos. Cerramos puertas y ventanas, y miramos a través de los cristales diciendo de él que es un desagradable. ¿Nadie se ha preguntado qué le pasa? Quizá solo quiere compañía, que alguien lo oiga y suspiré con él. Quizá ha perdido algo, a alguien, y desesperado trata de encontrarlo. Quizá solo es un amante queriendo entrar en el corazón de su amada. Quizá ella le ha negado su amor y no lo deja pasar. Y como loco intenta hallar un camino, por donde sea, como sea... Y no sabe hacer otra cosa que lo que hace. Volvernos locos, alborotar todo lo que toca, enredarnos el pelo y levantarnos las faldas. Hacer volar todo lo que encuentra, esperando solamente que alguien lo oiga de verdad. Que oiga ese lamento, que lo ayude a llegar...donde quiera que sea que vaya...
Que alguien le ayude, a conseguir lo que quiere.

sábado, 4 de abril de 2015

Segundas partes...

El año pasado por esta época andaba inmersa en la publicación de "Para ti, amor mío". Decisiones, correcciones, preparativos, nervios...emociones. Estaba deseando y temiendo que llegase el momento de mostrar mis palabras. Todas aquellas horas de trabajo. Quizá fuese solo algo sencillo, una de esas lecturas que te distraen y te hacen pensar en otra cosa. Quizá no fuese algo profundo y trascendental. Llené doscientas cincuenta páginas de amor, de sentimientos, de pasión. Y esperé, deseé, que quien lo leyese viese todo aquello. Que sintiese y amase con Valentina. Que saborease el vino, oliese las flores del jardín de Los Canchos y disfrutase de las puestas de sol. Que se perdiera en la profundidad de la mirada de Martín, o en la calidez de los ojos de Víctor.
Es posible que no haya sido capaz de llegar a muchos, pero si lo he conseguido con la gran mayoría. Eso me llenó de orgullo, y de miedo. Miedo a no ser capaz de volver a hacerlo. De no conseguir que mis palabras enganchasen de nuevo a quien me leyese. Miedo de haber consumido el escaso talento que pudiera tener.
A principios de este año comencé a escribir otra vez. Escribir una segunda parte me parecía fácil. Conocía a Valentina, sabía como pensaba, como actuaba, como sentía. Y tenía bastantes peticiones de esa segunda parte, de más sobre ella, sobre Martín, y quizá un poco menos sobre Víctor.
Las palabras han fluido con facilidad durante un par de meses. La historia es algo más compleja y está completa en mi cabeza. Aunque algunas veces me cueste un poco ir de un punto a otro.  A fin de cuentas solo soy una aficionada. Quizá dentro de unos meses esté otra vez inmersa en el trabajo que supone preparar la publicación de ese nuevo libro, eso espero....
Os dejo un parrafito, uno muy pequeño, un bocadito... deseando si es posible que os abra el apetito.

     "Se apartó de mí, oí entrechocar la madera en la leñera junto a la chimenea, y el golpe seco de un tronco al caer dentro. Saltaron algunas pavesas y olí el humo. Un momento más tarde unas tímidas llamas comenzaban a lamer el leño seco. Danzaban a su alrededor acariciándolo como pequeñas amantes lujuriosas. Seguras de poseer pronto aquello que deseaban. Seguras de que aquel madero ardería hasta consumirse por ellas. La luz del fuego iluminó a un Martín espléndidamente desnudo que volvió a mi lado. Dispuesto a hacer que como aquellas llamas, me consumiese de deseo por él".

lunes, 23 de marzo de 2015

Femme Fatale (Sacado del baúl donde guardo lo que escribí hace mucho)

La taza resbaló de mi mano. Se estrelló contra el suelo derramando el café, ya frío, sin romperse. Como hipnotizado miré la manera en que se alejaban sus tacones de aguja, no podía apartar la vista del suelo, ni de sus pasos...
Todo parecía suceder a cámara lenta, cómo en una de esas películas que tanto le gustan. Siempre vestida de mujer fatal, labios rojo fuego y un cigarrillo que parecía no desaparecer nunca de su boca. Y al igual que en una de esas películas, mi mente hizo un flash back, retrocediendo al momento en  que la conocí.
 Pasaba la tarde, como de costumbre, sentado en la barra de este mismo bar. El barman se entretenía en secar vasos con un paño que de seguro fue algún día de un blanco prístino. Un gesto suyo me hizo girar la cabeza hacia la puerta. La luz del sol de media tarde la enmarcaba, no pude ver su cara, sólo sus curvas. No tenía el ánimo para mujeres, aún estaba convaleciente de la última, y volví a concentrarme en mi bebida. Oí el sonido de sus pasos y olí su perfume antes de escuchar su voz. Su olor era algo dulce y suave, que me envolvió.
—¿Me das fuego? -dijo-
Sin contestar saqué el mechero del bolsillo del pantalón, y encendí su cigarrillo. Ella acercó su mano a la mía para proteger la llama de un viento inexistente. Dio una calada larga, haciendo que el carmín rojo dejase una huella visible en la boquilla. Sin apartar sus ojos de los míos, entre la nube de humo, le hizo una seña al camarero que se apresuró a atenderla.
— ¿Qué le pongo?
— Lo mismo que toma él — dijo sin dejar de mirarme
Señaló mi vaso casi vacío, iba por el tercero, ron de caña de azúcar. Me aficioné a él en uno de mis viajes, últimamente era mi mejor y única compañía.
— ¿Vienes mucho por aquí? — preguntó—
— Casi se puede decir que soy parte de la decoración— respondí
—¿Puedo invitarte a otro?
Acababa de apurar el vaso y yo mismo iba a pedir más. En apenas unos segundos había conseguido captar mi atención y despertar mi curiosidad.
—Claro...por qué no – contesté-
— ¿Te importa que vayamos a una mesa? estaremos más cómodos para hablar.
Con la mano le indiqué la sala vacía.
—Elige tú misma.
Al bajarme del taburete me acerqué, y ella dejó que me asomara a su generoso escote. La seguí con la mirada mientras caminaba delante de mí. La falda negra ajustada a unas caderas esplendidas, medias de seda,  tacones de aguja, aquello era lo que cualquiera llamaría, “vestida para matar”. Llevaba la oscura melena recogida en un moño, demasiado severo para el resto de su aspecto. Por un momento me imaginé soltándoselo, y derramando aquella lustrosa cabellera sobre sabanas de seda blanca, fría y suave.
No recuerdo la conversación, cosas insustanciales supongo, sin importancia alguna. Varias copas de ron después, entre cigarrillo y cigarrillo, la besé. Salimos juntos de aquel bar, las horas habían ido pasando sin que les prestásemos atención. El sol agonizaba sangrante en alguna parte, y sólo nos había dejado algún reflejo rojizo en los jirones de nubes que adornaban el atardecer. Para nosotros aquel ocaso bien podía ser un amanecer.
Durante un mes entró en el bar a la misma hora, tomábamos varias copas y luego salíamos hacia mi casa. El deseo y la pasión mandaban, nosotros obedecíamos. En el mismo instante en que nos tocábamos perdíamos la noción de todo. No hubo besos tímidos, ni arrumacos someros. Era como si nos conociéramos íntimamente desde hacía años. Ella parecía saber que me gustaba y cómo me gustaba. Respondía a mis caricias de forma apasionada, era complaciente y excitante. Podía llegar a parecer tan sumisa algunas veces que únicamente deseaba obedecerla, servirla, ser su más humilde esclavo. Despertaba todo eso sin ni siquiera expresar nunca algo parecido a una orden. Aunque si lo hubiera hecho yo no habría dudado en acatarla. Se entregaba de tal manera a mí que dominaba totalmente mi voluntad. Nunca pasó una noche conmigo a pesar de intentar retenerla. Sentirla amodorrase abrazada a mi era algo que deseaba. Encontrarla al amanecer a mi lado, todo un imposible. Era una seductora Cenicienta vestida de seda negra que desaparecía de mi vida cada noche a la misma hora, eso sí, jamás olvidaba sus zapatos. Vivía mis días esperando nuestros encuentros, me sedujo su cuerpo, y a pesar de que conversábamos poco había algo en ella que estaba calando hondo en mi. Una noche, mientras se preparaba para marcharse, sin pensar, guiándome por lo que sentía,  le dije unas palabras que nunca pensé que sería capaz de pronunciar.
—Estoy enamorado de ti.
—¡Qué tontería! ¡Estás enamorado de lo que ves, enamorado de tus orgasmos!, pero no me conoces, ¿Qué sabes de mí?
No esperó una respuesta y dando un portazo me dejó en la cama, enredado en unas sabanas que todavía conservaban su calor. Era cierto, no sabía nada de ella, había entrado en mi vida y tomado lo que deseaba, al parecer eso era todo. Yo, que  presumía de no involucrarme sentimentalmente. De no querer demasiado a mis amantes. Ese al que tachaban de usar a las mujeres, acababa de encontrar la horma de mi zapato.
 La esperé cada tarde en el bar, bebiendo ron, sentado en la barra y volviendo la cabeza cada vez que se abría la puerta, y no regresó. El sol de media tarde no volvió a enmarcarla en la entrada. No tenía manera de encontrarla,  ni siquiera sabía su nombre porque cada noche me pedía que la llamara de distinta manera, y no me importó hacerlo. La primera noche fue Marlene, la siguiente Rita, días más tarde era Lauren, Greta o Verónica. Mujeres de película, actrices de otro tiempo, mujeres fatales en la ficción y alguna fuera de ella. Ella jugaba a ser otra, y por una vez, por primera vez, yo, sólo había sido yo. Aquella mezcla de sensaciones, de sentimientos, era amor. Pasión, deseo, misterio, esa mujer era un enigma a resolver y lo resolvería. Quizá se había marchado aquella noche porque tuvo miedo de reconocer que sentía algo más que atracción sexual, algo más que un deseo por satisfacer. La cogí desprevenida y huyó. Tenía que encontrarla, y si lo que quería era intriga, si quería ser otra, si yo tenía que ser Humphrey para ella... lo sería.
Pasé semanas buscándola. Tenía pocas pistas, nunca pidió un taxi para marcharse, se iba a pie, por lo tanto debía vivir cerca. Nunca antes de aquella tarde había entrado en el bar, allí nadie la conocía, sólo la habían visto conmigo. Paseé por los alrededores de mi casa, bebí ron en más bares de los que puedo recodar, pregunté a los camareros y a los parroquianos de los más oscuros tugurios. Les hablé de su escultural figura, de sus labios rojos, de su pelo oscuro, y de sus tacones de aguja... la tierra parecía habérsela tragado.
Hasta hoy...
Me dirigía al bar  un par de horas antes de lo que acostumbraba. En la esquina, justo antes de llegar hay un cine. No presto atención a lo que ponen, es uno de esos lugares para los nostálgicos y en el que sólo hay reposiciones de viejas películas. Tampoco me fijo en la gente que espera, o en la taquillera, hasta esta tarde. Una mujer discutía a voz en grito por algo en la numeración de los asientos, el destino, mezclado con la curiosidad, hizo que mirase hacia el cine. Esta vez era la ventana de la taquilla la que enmarcaba el rostro de Marlene, Rita o como quiera que se hiciera llamar hoy. Me puse en la cola, nervioso, sin saber que decirle cuando la tuviese cara a cara. La fila avanzaba lenta pero imparable, y por fin, llegó mi turno.
— ¿Cuántas entradas? — Preguntó automáticamente.
—Una —le contesté.
— ¿Qué sala? — preguntó sin mirarme
—Me da igual — dije
Fue entonces cuando levantó la vista, no pareció sorprendida. Tenía el pelo recogido, como cuando la conocí. Llevaba el uniforme de la cadena de cines. Un soso vestido de rayas azules con su nombre sobre el bolsillo derecho, como las cajeras de los supermercados.
—Espérame en el bar— dijo.
Obedecí como un niño y me fui al bar a esperarla. Pedí café, el barman me miró como si no me reconociera. Quería tener la mente lúcida cuando llegase, esta vez no se escaparía tan fácilmente. La vi entrar, aún vestía el uniforme, pero llevaba sus tacones de aguja y sus sempiternos labios rojo fuego. Se acercó a la barra y sacó un cigarrillo que  me di prisa en encender.
—Bien, me has descubierto. Te he visto pasar cada tarde, preguntándome por qué no me veías, ¿Qué te parezco ahora? Sólo una insulsa taquillera ¿verdad?, ¡Dime ahora que me quieres!
No estaba del todo seguro pero el tono de su voz en apariencia enfadado, escondía algo más, ¿quizá un deje de tristeza?
— Ahora que sé tu nombre, me sigues pareciendo encantadora y misteriosa. No me importa a lo que te guste jugar, podemos jugar juntos. Te he buscado todo este tiempo, ¿Por qué no crees que te quiera? Por favor…
En mis ojos había una súplica que esperaba que ella leyese, que atendiese.
 La conversación no iba a ser mucho más larga. Ella no daría mil explicaciones y tampoco me dejaría darlas a mí, me lo jugaba todo a una sola carta. Dio una calada al cigarrillo, a pesar del uniforme, la mujer fatal había vuelto. Me miró de arriba abajo con una sonrisa en la comisura de los labios. Y volvió a usar ese tono, esas frases de película.
-Normalmente evito la tentación, a menos que no pueda resistirme. Estaré aquí a la hora de costumbre.
Se giró para marcharse, y sin mirarme dijo:
- Una cosa más, esta noche... llámame Mae.
El corazón me latía con fuerza, tanta, que la taza con el café, ya frío, resbaló de mis manos.






domingo, 8 de marzo de 2015

Un cuento de princesas (El capitán de la guardia).

El capitán de la guardia de la Ciudadela había visto a la princesa blandir su espada al amanecer. Ella lo hace cada mañana. Al igual que ordena encender hogueras en la noche, para hacerle saber que continúa esperando.
Sería fácil dejar que la princesa lo amase cada uno de los días que le quedaban por vivir. Ese, y no otro, era su mayor deseo.  En su juventud hizo un juramento a quien gobernaba aquella fortaleza. Había sido educado en el honor y las leyes de la caballería. Y nunca, jamás, pondría en duda su lealtad, ni siquiera por amor. Y eso, y no otra cosa, es lo que siente por la valerosa princesa, amor. Sabía que ella alguna vez dudaba de sus sentimientos. Pero también sabía que entendía su proceder, que ella amaba en él su rectitud, su honradez. Nunca haría nada para que faltase a su palabra. Tal vez la princesa esperará inútilmente toda su vida a que el gobernante de la Ciudadela lo libere de su promesa. O tal vez el capitán se de cuenta que ser caballero implica tener valor. Y que el valor no es otra cosa que hacer lo correcto y mantener la verdad a toda costa. Y la verdad, su verdad, era que amaba a la princesa mucho más de lo que había llegado a amar a todo lo que representaba aquella fortaleza.
Por eso ella esperaba, y él, se asomaba al torreón más alto cada mañana.
El capitán de la guardia contaba los días que faltaban para la siguiente noche de luna nueva. En esas noches oscuras sin luna salia del castillo a encontrarse con la princesa.
Se deslizará sigiloso entre el ejercito de aquella a quien ama, ocultándose en las sombras hasta llegar a su tienda. Ella lo aguardará ansiosa, nerviosa, temiendo por su persona, porque no en vano aquello era una guerra por poca sangre que se derramase. Estará sentada ante sendas copas de vino. La armadura y la espada abandonadas en un rincón. Porque aquella noche no será guerrera, solo mujer. Vestirá sus más finos vestidos de seda. La abundante cabellera recogida en una gruesa trenza descansará sobre su pecho. Sobre su corazón, como un último bastión que la defenderá. Porque si bien no se rinde ante nada, lo hace ante el corazón del capitán en el mismo momento en que  sus ojos lo ven llegar.
Apenas unas horas estarán juntos, hasta el siguiente cambio de la guardia. Se enredarán en un abrazo del que les dolerá soltarse. Se besarán hasta que los labios les ardan. Se entregarán el uno al otro como solo lo hacen los que se aman. Sin reserva alguna, siendo del otro por completo.
Ella le rogará mil veces que no se marche, y él, renegará otras mil del hecho de no poder quedarse.
La princesa amenazará con de verdad destrozar aquel castillo, con tomarlo por la fuerza, Y el capitán con tristeza admitirá que tendría que combatirla, aunque la vida le fuese en ello, aunque se le rompiese el corazón en un millar de pedazos. Y ante la posibilidad de perder su amor para siempre retira su amenaza. Esperará. Siempre le queda mañana.
Ella llorará hasta el amanecer cuando él se marche. Y él...¿Había llorado alguna vez?.
El asedio continúa. El ritual de cada amanecer y cada anochecer. El encuentro de los amantes cada noche sin luna.
El cuento no se acaba, no tiene final, nadie es capaz de escribirlo, y nadie lo hará, mientras la princesa no se rinda y siga siendo capaz de esperar.




sábado, 7 de marzo de 2015

Un cuento de princesas.

Amanecía, el sol apenas despuntaba tras las agrestes montañas. La princesa dejó su tienda. Avanzó con cuidado entre las hogueras casi extinguidas y que aún daban algo de calor a los hombres que dormían junto a ellas. Alguno se removió en su duro lecho de tierra, y ella, detuvo sus pasos, no quería alertar a la guardia. Caminaba envuelta en su capa, y con la espada en el cinto. Su vieja cota de malla necesitaba algún remiendo. Tantas batallas libradas, y tan pocas ganadas. Llegó a una pequeña atalaya dejando atrás el campamento. Desde allí podría ver aquello que tanto ansiaba. La hermosa fortaleza que anhelaba conquistar. Años duraba ya aquel sitio, y se encontraba en el mismo lugar en el que lo comenzó. El viento sopló y agitó su cabellos. El sol arrancaba ya brillos dorados en las almenas de la fortificación que miraba. La ciudadela pronto despertaría. Entrecerró los ojos tratando de distinguir algo en los torreones. Llegó a aquella lid con el bando perdedor. Supo siempre que pretendía conquistar un imposible, un reino que nunca le pertenecería. Se llevó  la mano a la empuñadura de su espada. Apretó el puño con fuerza  alrededor y la desenvainó, blandiéndola en el aire. El astro rey llenó la afilada hoja de luminosos destellos. Aquel que la amaba y  aguardaba en el castillo podría verlos, y de esa manera saber que ella, seguía allí. Que no se había rendido.
El amor la había llevado hasta allí. Por amor había comenzado una guerra que no podría ganar. Por amor no batallaba, solo, esperaba. No usaba ni sola de las armas que poseía. No hacía daño, no podía. Por amor no se rendía. Era como aquellas rocas sobre las que pisaba, inamovible, impasible, dura. Sus hombres, los más osados y aguerridos guerreros se preguntaban por qué. Aunque jamás la abandonarían, porque sabían que la suya era una causa noble.¿Qué hay más noble que un sentimiento puro? No claudicaría, no lo haría, su corazón no se lo permitiría. Más de una vez había ordenado furiosa que se levantase el campamento, que se recogiesen las armas y se apagasen para siempre las hogueras. Pero antes de que alguno de sus hombres llegase si quiera a moverse revocaba esa orden. Porque era la única manera de calmar los latidos furiosos de su corazón.
Volvió a envainar la espada que se deslizo en su lugar con un siseo. Miró de nuevo hacía lo que tanto amaba y se dijo:
-Hoy no vencerás. Pero te queda mañana. Siempre mañana.
Su bandera ondeará todo el día, y las hogueras iluminarán el cielo nocturno. Desde la fortaleza oirán el entrechocar de espadas. Oirán a un ejercito que se prepara para atacar, pero que nunca lo hará. La princesa no avanza, no lucha, y pierde casi todas las batallas. Pero nunca, jamás, se rendirá.
Su corazón no se lo permitiría.